Demás está que me mires. Se sabe que no dejarás al descubierto tus pensares. También se sabe que tu lengua es un camposanto de palabras y tu actuación se constrasta con lo que ocurre tras vastidores.
No me consuela la inclinación de tu rostro, ni el silencio que va de la mano con tu pena y mucho menos el intento fallido de tu actitud indiferente.
De nada vale extrañarnos si no sabemos reaccionar cuando somos dos entidades que se tienen de frente. El vacío y el retortijón que siento no lo compensa ni si quiera un abrazo.
Que conste que no quería pronosticar esto... pero ya que la apatía se apoderó de nosotros y en el frío se congelan los deseos, no resta nada más que decir ADIÓS.
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